m.k.

No sé categorizarme.

殺すぞと脅されても図書館には行かないわ(1)

プエルトリコ人作家マイラ・サントス=フェブレスがペルー・リマで行われた国際ブックフェアに参加した際のインタビュー
1966年生まれの彼女はハーバード大学、コーネル大学の客員教授を経て、現在はプエルトリコ大学の教授。1984年から新聞に詩を発表し始め、その後小説を書き始める。詩・短編で文学賞を受賞している他、初長編Sirena Selena vestida de penaはロムロ・ガジェーゴス賞の最終選考に残った。エッセイも多く手がけている。邦訳作品は未だない。

そんな彼女はこのインタビュー内で図書館での読書を否定し、論争を起こした。事態を収束させるため8月16日に謝罪文を発表したが、それに関しては次回。

人々が本を読まないというんじゃなくて、本のフォーマットが問題なの。おまけに、本と文化との間にあるつながりは偏見をもって見られている。足の長いご婦人がエッフェル塔をバックにカフェで煙草を吸いながら私に「ウィ」って言ってるのを想像しているのね。それは私たちの現実かしら?プエルトリコでは人々は読書しないって言われているけれど、図書館で本を読まないの。私は殺すぞと脅されても図書館には行かないわ。冷たいんだもの。話せないし、自由に本を手に取らせてもくれない。例えば私は、本を買って、ビールを手にビーチに寝そべって、そして読み始めるの。図書館はカリブのためのものじゃないわ。文化について別の方法で考えなくちゃ、西洋主義に染まらずにね。私はヨーロッパ人になりたくない。あっちに友達はいるけれど、良い考えには思えないの。

Anuncios

El recitador

No estoy muy segura de que hiciera calor ese día, a lo mejor no. Llevaba ya unos meses en la Ciudad de México y era un día de noviembre. Me preguntaba Paulina si tenía frío o no, porque pocas veces llevaba algo para abrigarme a la clase que terminaba a las ocho de la noche, a la que iba con ella. De todos modos, en el metro yo tenía calor. El metro del DF me pareció todo un espanto cuando subí por primera vez: los vagones traqueteando, ruidosos, sin aire acondicionado, con las ventanas rascadas, con sus vendedores y sus mendicantes. Y con el calor causado por el ventilador que me parecía que nunca había funcionado bien… Pero me fui acostumbrando y pronto me empezó a gustar observar y escuchar a esta gente.
Solía usar la línea tres; la línea más larga (al menos cuando estaba ahí, porque aún no habían inaugurado la línea dorada, la doce), que corría de la estación Universidad hasta la Indios Verdes. Siempre estaban ellos. Los vendedores y su “En esta ocasión les traigo a la venta…”. Algunos vendían música, con el altavoz insoportablemente ruidoso en su mochila; otros mostraban folletitos, libros delgados; otros con libretas, cuadernos, plumas —bolígrafos— o lápices. Y los limosneros a los que conocía de vista. Una indígena y su niño de unos tres años, descalzos, en un absoluto silencio que hasta parecía indiferencia; los dos tenían unos ojos tan negros, pero tan negros que no reflejaban nada. Ni miraban a los pasajeros. Un hombre que se lastimaba el brazo con botellas de vidrio, diciendo que había dejado a sus tres hijos pequeños en su pueblo y que no sabía sostenerse; su brazo estaba lleno de costras y cicatrices y parecía como si tuviera escamas. Los cantantes ciegos; entre ellos había un viejo que usaba andador. Varias veces se tambaleaba y casi se chocaba contra los pasajeros y asientos. Pero siempre le daban monedas; más bien, cuando alguien se las daba, muchos imitaban a esa persona. Yo también le di unos pesos.
Por otra parte, había unos a los que nunca volví a ver. Quizá normalmente estaban en otra línea u otra hora; un escritor aficionado que promocionaba su novela; una chica blanca y rubia que vendía auriculares, gritando en un español de acento extraño. Y entre ellos, estaba el recitador.

Subió en la estación de Miguel Ángel de Quevedo. Era un moreno bajito de cara nada impactante y cabello negro. Llevaba una camiseta del mismo color de su piel. En la rodilla de sus jeans, un agujero grande abría la boca. Un bolso pequeño era lo único que llevaba. Saludó a los pasajeros y me pareció que recitaba unos poemas románticos, pero yo no le prestaba atención a él sino a mi lectura para la clase de literatura iberoamericana; era una fotocopia de un cuento de Cortázar. Los pasajeros, como siempre, parecían indiferentes. Lo deberán de considerar parte del paisaje, pensé.
Llegábamos a la estación Viveros y el recitador iba por su último poema. Lo oí pronunciar “Cortázar”. Lo vi y lo empecé a escuchar. Hacía calor y él transpiraba en la frente, pero se me puso la piel de gallina; iba a presentar el capítulo siete de Rayuela, con unas palabras de despedida y otras para pedirnos unas monedas si nos gustaba. Decía que era uno de los fragmentos más románticos de la literatura hispana.

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

El pasajero que se acababa a sentar frente a mí sacó un tabloide cuya portada era una foto de un muerto con la cabeza rota por las balas. Desvié los ojos de la foto y mi mirada le llegó al recitador. Tenía los ojos fuertemente cerrados, como si estuvieran soportando dolor. Su voz no era seductora, pero era muy sonora. De un lado del vagón llegaba hasta el otro lado, donde yo estaba sentada. Por un momento bajé la mirada a las fotocopias en mi mano y casi inconscientemente leí una línea: Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche… Y precisamente sentía lo mismo.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio.

Observé sus manos, que no traían ni una hoja de papel. Yo sentía las mías húmedas. El recitador siguió: Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella.

El tren llegaba a la estación de Coyoacán, en la que me iba a bajar. Mientras escuchaba su Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua, buscaba en mi bolsillo sin que me viera la gente. El recitador se despidió y empezó a pasar entre los pasajeros por si le daban unas monedas. Justo cuando se paraba el tren, llegó a donde yo estaba. Le di un billete de veinte. Me dio las gracias y se dirigió hacia otras personas sin darme tiempo para contestarle.
Se abrió la puerta. Me bajé y lo vi adelantarme y entrar corriendo a otro vagón. Se oyó la puerta cerrar. No hacía calor en el andén, pero yo todavía tenía calor.

La mirada labial

Tu boca era un ojo; me observaba más que cualquier otro ojo. Tu voz era una parte de su mirada. Mientras buscaba el otro ojo, mi boca se iba perdiendo en el tacto de tus besos. Tus besos me abrazaban; cada caricia tenía su propia mirada, que me observaba con una enigmática profundidad que, por un momento, me pareció como cansancio sutil. Tus labios parpadeaban como si buscaran los abrazos escapados que habían estado mirando hace rato, y sí, tu boca era un ojo.

*

https://twitter.com/menchiesp/status/331705218637123586

Sakura y jacaranda: un collage literario primaveral

Cuando te pones una venda en los ojos y te la quitas después de un tiempo, te deslumbrará la luz que no veías tan claramente antes. Si la venda te estuvo apretando muy fuertemente, se verá un verde fangoso o morado opaco palpitando en el nuevo paisaje en tu vista. Y en mi caso, fue México la venda bien apretada que me tuve que quitar cuando volví a Japón, después de casi un año.
Pasaron rápido el verano y el otoño, tan rápido que no lo percibía mi piel, que se había quemado en las playas de Cancún y de Akashi. Cuando se oyeron los primeros pasos del invierno, yo aún estaba en el proceso de readaptación; mi país me seguía pareciendo medio extranjero, o tal vez fuera yo la que lo era. Me detenía a contemplar aquello a lo que no le prestaba atención antes; el cielo más azul, el aire más agudo y el frío mucho más intenso —seguramente no le gustaría a la señora Griselda, la madre de Efraín, porque le haría daño— que el de la Ciudad de México.

Fue cuando estaba subiendo la Handai-zaka, la cuesta que empieza en la entrada del campus de Toyonaka de la Universidad de Osaka, para tomar el transporte al otro campus donde estudiaba. Estaba despejado y el cielo se veía unicolor, como si fuera una hoja de papel de dibujo de color celeste. Pensé que veía el color gris de acuarela soplado con aliento fuerte por un popote, como hacía yo en el taller de una pintora que enseñaba nociones del arte a los niños cuando era pequeña. Eran árboles; se extendían las ramas más finas que las de algún otro árbol del que no me acordaba entonces. Eran como espécimen de nervadura, pero sin el contorno. Inmediatamente, o más bien casi automáticamente, se me ocurrieron unas palabras con las que me iba a obsesionar un buen tiempo; los vasos sanguíneos del cielo y el pulmón celeste… En mi producía vértigo a imaginar que aspiraban el aire azul desde aquellas puntas de ramas en absoluto silencio.

También era muy azul el cielo de Mérida, a donde fui con mi familia y el señor Ueda, que me vinieron a visitar desde Japón. Era azul, pero más oscuro y profundo, lo que hacía sentir lo alto que estaba. Estábamos esperando a que el guía viniera en camioneta a recogernos, paseando por el terreno de la hacienda donde nos hospedamos una noche. Había un árbol muy grande que estaba lleno de hojas. Su color era verde amarillento como el de las acuarelas de la marca Sakura que usábamos en primaria. Me llamó mi abuela:
—¿Qué árbol será éste? —Agitó la mano en la que tenía algo reseco y marrón oscuro cuya forma me parecía como paleta sin agujero—. ¿Sí lo oyes?
—Sí, lo oigo —le contesté—. Debe de ser por las semillas. Se lo preguntaremos al guía cuando venga. Parecía que eran semillas. Miré al suelo y encontré varias con mucha facilidad. Recogí una. Era tan dura que no podía imaginar que germinara sin que alguien la rompiera para sacarle las semillas. Me quedé pensando qué color serían las flores y las imaginé naranjas. Y se nos olvidó preguntar.

Fuimos por pollos la señora Griselda y yo. Estaba fuerte el sol y me daba calor, pero ella era friolenta y hasta llevaba un suéter. Con el pollo en una mano y un ramo de cilantro en la otra, estuve caminando a su lado. Estaban floreciendo los jacarandas. Me acuerdo de que Efraín me enseñó sus flores en unas fotos cuando acababa de llegar: ≪Mira, Megu. Es como el sakura mexicano≫.
—Ya están floreciendo, ¿verdad? —le dije a la señora cuando estábamos en la cocina— son muy bonitos.
Me dijo, chamuscando el pollo para quemar sus finos pelillos:
—Pues yo quisiera ver la flor de sakura. Me dijo Gisela que estaban bien bonitas en Japón. ¿Dónde puedo verlas por allá?
—Casi en cualquier lugar —le contesté, lavando los tomatillos—. En un parque, en el jardín de una escuela, hasta por las banquetas; los plantan como árboles de calle.
—Han de ser muy bonitos. Y pronto la señorita Megu se nos va a Japón y estará viendo sakura por allá.
—Aún no me estarán esperando cuando llegue, porque florecen en abril.
—¿Oye, Megu?
—¿Sí?
—Un día me dibujas flores de sakura.
—Sí, lo haré cuando estén en flor. También le enviaré unas tarjetas.

He leído que los sakuras necesitan un frío intenso para florecer. Según Griselda, su hija Gisela, antes de ir a estudiar a Japón, se había comprado un plantón. Pero casi no daba flor. Cuando bajamos al jardín para verlo apenas tenía unas tres o cuatro flores chiquitas y medio secas. Como el clima de allá es parecido al de primavera y de principio de verano de acá, no hace suficiente frío. Por otra parte, Japón me recibió con un invierno muy frío.
Siempre que subía la Handai-zaka y caminaba por la calle principal del campus de Toyonaka, miraba las ramas deshojadas. Su forma de pulmón no me dejaba más que sentir como si mi cabeza estuviera llena de aquellos vasos sanguíneos grises. Hasta me daba la sensación de que el frío duraría para siempre y me imaginaba que aquella forma fibrilar se pegaría a mis ojos, que se quedaría y que nunca desaparecía. Ni me ponía a pensar qué árboles eran, pero eran de sakura.

Tanto el jacaranda como el sakura, florecen primero y luego salen las hojas. Tal vez haya sido Tosqui la que me lo enseñó, cuando caminábamos por las islas de la CU, en la UNAM. Después de caminar un rato, nos sentamos sobre el pasto —hasta entonces no me gustaba hacerlo— y nos pusimos a platicar. Serían antes de las cinco de la tarde y olía a lluvia. El pasto soltaba un aire un poco húmedo pero fresco; lo podía sentir a través de mis palmas.
—Me gusta mucho sentarme sobre el pasto —me dijo, con aquella voz que a mí me parecía sonriente y medio soñadora—. ¿Y a ti?
—Nunca lo había hecho, porque creo que está húmedo.
—Por eso a mí me encanta.
Después de ese día, el pasto se convirtió en mi lugar favorito para leer. Solía leer sentada, a veces acostada, en el pasto junto a la Facultad de Filosofía y Letras. Pero entonces nosotras estábamos más cerca de la Facultad de Derecho. Ahí había unos árboles de jacaranda. Le dije a Tosqui:
—Es muy bonita la forma de la flor de jacaranda, ¿no?
—Pues sí. Pero estamos tan acostumbrados que ya no nos emociona mucho, creo. —y añadió—: No estaciones tu coche bajo el jacaranda; son pegajosos.

Estábamos a mitad de febrero, cuando el invierno japonés se ponía aún más frío. Mi sistema nervioso autónomo andaba mal y me sudaban las manos y los pies aunque tenía mucho frío. Las ramas desnudas me parecían enloquecedoras. Soñaba que esos vasos sanguíneos del cielo se juntarían con los de mis ojos, que los teñirían de gris, y que al final perdería la vista.
Florecieron los ciruelos rápidamente; en un abrir y cerrar de ojos, echaron los brotes, se abrieron las flores y otra vez se quedaron desnudos. Entonces encontré varios granos pegados a las ramas de cerezo. Parecen un tumor, pensé. Me acordé de que no iba a durar mucho esta forma de espécimen de nervadura. Y pensar en eso me daba ganas de rascarme todo el cuerpo; los pasos lejanos de la primavera iban invadiendo la bella silueta del invierno.
Me acordé de las palabras de la señora Griselda: ≪Me dibujas flores de sakura…≫ Aún era temprano para hacerlo, por lo cual le envié un Postal Notebook de Moleskine en el que había dibujado unas flores de ciruela.

Las flores de jacaranda duran más que las de cerezo. No se deshojan por pétalos, si no que se cae la flor completa. Como no son tan ligeras para que se las lleve el viento, caen casi a plomo. Por eso bajo el árbol aparece un tapete violeta. Entre la Facultad de Filosofía y Letras y la de Derecho de la CU, había una zona cuyo suelo era rojo. No era el camino que tenía que tomar, pero me acercaba cuando no tenía prisa. El contraste que producía el rojo del suelo y el violeta del jacaranda me parecía tan impactante que no me parecía rato si lo encontrara en una escena de alguna película de Almodóvar. Hasta me parecía irreal. Me daba más esa impresión cuando empezaron a salir las hojas. Entre esos tres colores vivos —rojo, violeta y verde amarillento— pasan caminando los estudiantes, como si no fuera nada, con la misma actitud que cuando caminan por la calle, lo que me parecía increíble. Perdida entre los colores vivos, me sentía perdida.

En marzo, las ramas de cerezo, que antes estaban desnudas, se llenaron de innumerables tumores pequeños; la silueta sufría, invadida por los brotes púrpuras. Decían en las noticias que en Tokio iban a florecer mucho más temprano de lo normal. En la tercera semana del mes, cuando fui por allá, sí que ya estaban floreciendo. Fui a pasear por el parque Ueno. A pesar de que era entre semana, había mucha gente que venía a ver los sakuras. Por el lago las ramas estaban cargadas de flores y arañaban la superficie de agua, sobre la que nadaban unos patos. Las gaviotas volaban rascando los árboles, pero las flores aguantaban todavía.
Miraba los sakuras como si fuera una turista extranjera; no tenía la sensación de que me acordaba de algo, sino de que veía algo que conocía sólo por las fotos. Tal vez fuera porque era tan intenso el color del jacaranda que me había los recuerdos del sakura, o quizá fuera porque no me fijaba mucho antes.
La semana siguiente fui a pasear por Kioto. En el Camino de la Filosofía, que iba por Ginkaku-ji, los sakuras casi estaban en su plenitud. Por sus flores casi blancas, me parecía como si se les hubiera pegado una densa espuma. Entre las olas de espuma, se veían las estrellas púrpuras de cáliz.

Fue más o menos entonces cuando me acordé de los jacarandas por las fotos que subía Alberto en su Instagram. Deberían de haber sido tomadas en la Ciudad de México, donde vivía. Las ramas elegantemente torcidas estaban llenas de flores violetas; el violeta vivo de las flores como innumerables flecos, el violeta vivo destacando ante el azul profundo del cielo, y el violeta vivo que cubría el color de la tierra del suelo… Mientras miraba las fotos, olía su aroma imaginario: era de sutil néctar. Ensoñaba que estaba pegando las flores caídas, una por una, sobre el cristal de un coche rojo hasta que se cubriera de violeta por completo.

Cuando estaba pasando por el camino a la estación de JR, me quedé mirando las flores de sakura. En conjunto, eran como una bola de algodón, pero cada una estaba dentada por el contorno de los pétalos. Ya se empezaban a caer las flores, como la nieve que cae caprichosamente, pero más ligeras y grandes.
Entre el espumoso blanco y tenuemente rosado, había un cuervo. Iba y venía entre los árboles. Cada vez que echaba a volar, se esparcían los pétalos, que luego se caían al suelo girando y contorsionándose como mariposas pequeñas. Sus movimientos calcaban las ondas del aire. No llegaban hasta el suelo inmediatamente; subían volando al cielo azul. Estaba despejado; no había ni un pedazo de nube. Cuando me di cuenta, subían cambiando de color al violeta vivo. Su forma no cambiaba; sólo su color, su color blanco rosado desaparecía cuando alcanzaban al cielo. Ya no sabía si era sakura o jacaranda lo que bailaba. Me parecía como si se fueran perdiendo en el azul.
Cuando volví en mí, ya no podía encontrar las alas violetas que subían y bajaban girando. Los pétalos caídos de sakura, junto al viento, pasaban deslizándose sobre la calle asfaltada. Apenas llegaban al suelo, volvían despegándose como las plumas.

El último fin de semana de mis vacaciones, llovió. Iba a escribir una carta a la Griselda, con unos dibujos de sakura. Era la lluvia que barría las flores. Tenía cosas que hacer y no pude salir. Se acabaron las vacaciones; comenzó el nuevo curso académico y volví a la universidad.
Ya había pocas flores en los árboles. Después de haber perdido el blanco rosado de espuma, se veían tan púrpuras como antes de tenerlo. Pero no eran iguales. Aunque se habían caído los pétalos, quedaban los restos de flores. Los estambres, sobre la estrella del cáliz, eran como innumerables chispas. El espécimen de las chispas, pensé. O los fuegos artificiales fijados sobre el cielo del día.

Mientras la época de las flores de cerezo se acababa, por lo que vi en las fotos de Alberto, los jacarandas aún tenían flores. Me acordé de otro día allá, cuando fuimos a tirar la basura juntas la Griselda y yo. Yo llevaba chanclas y aún tenía mi cabello mojado, porque me acababa de bañar. Sobre el asfalto gris claro, había una rama rota de jacaranda; aquella mañana vi pasar el camión de basura rasando los jacarandas. Debería de haberla roto entonces. Mis dedos desnudos se encontraron con los flecos violetas vivos, que se veían más vivos por el naranja de mis chanclas. Y aquellas conversaciones frecuentes:
—Y la señorita Megu nos va a abandonar y se va…
—No la voy a abandonar. Le voy a enviar unas tarjetas de Japón.
—Pero ya no tendré con quién practicar mi japonés.
—Le escribiré unas frases en japonés para que lo pueda practicar.
—Pues, Megu. Tienes un montón de palabras pendientes para anotar en mi cuaderno.
No sé si la señora abrirá de vez en cuando su cuaderno para repasar el vocabulario o no, pero sí aprendió algunas frases que escribe en las tarjetas que me envía: Konnichi wa. Genki des ka…

El verde invadía los cerezos. Los pétalos caídos se habían quedado secos, abandonados y olvidados. Ya no había gente que les prestaba atención. Dicen que la primavera japonesa es efímera y que eso lo representan los sakuras. Pero no sólo es así. Lo más efímero es, tal vez, nuestro interés por estas flores. Y se me escaparon las flores, que no me dejaron dibujarlas para cumplir mi palabra con la Griselda.
Busqué una tarjeta de sakura y la encontré. Ya me costaba trabajo recordar cómo era aquel blanco espumoso. Así de efímera es nuestra primavera. Pensaba en los jacarandas y en sus flores, que duraban bastante. Otra vez imaginaba cómo se cubría el cristal con las flores violetas caídas. Pero esta vez el cristal era de la ventana de mi cuarto. Los cambié por los de sakura, e hice llover para que todo se lavara. A pesar de esto, quedaban unos pétalos pegados, y ahí se secaron.
Volví en mí. No había nada pegado sobre la ventana. Ya me parecía imposible dibujar los sakuras con los pocos recuerdos que tenía. Así de efímera era mi primavera. O tal vez era porque mis ojos ya se habían recuperado de la opresión de la venda. Junto a las jacarandas, estaban pegados al tragaluz de mi mente, donde utilizo las palabras como otros pinceles.

¿Me llamaré bendición?

En un diccionario de japonés-español consulto el sustantivo de donde viene mi nombre. Según él, en español significa bendición. También es gracia, merced y calidad. Seguramente por eso mi madre usó el nombre de Mercedes cuando estábamos en Chile, durante los primeros seis meses de mi vida, para que la gente lo aprendiera más rápido que aquel nombre oriental.

Son tres sílabas, pero en japonés se escribe con sólo un ideograma kanji: 恵. Visualmente hablando, una cruz (十) está sobre el campo de arroz (田), que está sobre el corazón (心).

Aunque mi nombre signifique “bendición”, ahí no se dice de quién. ¿De Dios? No creo, porque no soy creyente.
Este nombre tampoco garantiza que soy lo que dice, pero en fin, me llamo Megumi.

https://twitter.com/menchiesp/status/320296375256494080

色褪せた写真の間に

それは私とエフラインが作業をしに庭に下りる午後だった。メキシコシティの午後の強い太陽光を和らげる木々の葉の下で、私たちは小さなガラス製のテーブルを囲んでいた。私がコルタサルを読んでいる間、彼は裏紙に数式を書き付けていた。少し光沢のある厚手の紙で、写真を印刷するためのものだという印象を与えた。小鳥たちの囀り声と噴水の囁きとともに、時間は穏やかに過ぎていった。
ビーチサンダルを履いていて何となく寒くなったので、部屋に上がってベッドの中で読書を続けたが、エフラインが二段ベッドを上がってきて私を起こす頃には寝てしまっていた。
「ほら、メグ」彼は手に持っている紙を振った。「メグの国の人だよ」
紙を受け取った。日本人兵士の色褪せた2枚の写真をコピーしたものだった。いつ裏紙入れに紛れ込んだのか分からないよ、とエフラインが言った。私は日本の遺物のコピーをメキシコ人の手から、おまけに自分の国である日本から遠いメキシコで受け取ったのだった。

数ヶ月後の日本で、私は新しい本を収納するために別の部屋にある本棚にスペースを探していた。そこに苔のような深緑色の布張りのアルバムがあるのを見つけた。母方の曾祖母、登美子のもので、以前に見たことがあった。自分の部屋に持って行った。7月のやり切れない太陽が床まで届く長い窓から差し込んでいて、暑かった。冷房をつけて、アルバムを開いた。大部分は息子たち、つまり私の祖父やその兄弟たちのものだった。登美子の写真は封筒の中にあった。3枚しかなかったが、若いときのものだった。30歳にもなっていなかっただろう。
登美子は93歳で亡くなった。私はまだ中学生だったので、大体10年ほど前のことだろうか。とても美人だったと言い聞かされていた。いつも美容に気をつけていたのを覚えている。太陽光を浴びないようにしていたし、皮膚の保湿を怠らなかった。顔を洗うときはよく漱ぎなさい、髪に艶が出るから海草をたくさん食べなさい、と言われたものだ。初めて会ったときにはすでに高齢だったが、意志が強そうな人で、その白い肌と品のある身のこなしから若いときの美しさを想像することができた。
写真を眺めた。日にさらされて褪色した白黒写真ではあったが、綺麗な女性を見ることができた。一枚の写真の中では、籐椅子に座ってほんの少しだけ微笑みを浮かべている—顔に早く皺ができてしまうと信じていたので、笑うのが好きではなかったのだ。着物を着て、髪を首の後ろで束ねている。もう一枚の写真では同じ場所と着物だが、より華やかに見える。日本髪を結って、化粧しているが、その淑やかさは失われていない。最後の一枚では、琴を弾いている。自分が彼女の血を引いているのを申し訳なく感じてしまうぐらい綺麗だった。

ap2

エフラインがくれた写真のコピーのことを唐突に思い出したのはそのときだった。どこに置いたのか覚えていなかった。ファイルの中を探したが見つからなかったので、帰国して以来置きっ放しになっていた本の箱を開けた。そこにあった、他の裏紙や論文のコピー、雑誌の切り抜き、自分が書いたエッセイ、本の中に。そこであの二人の日本人兵士を見つけた。第二次世界大戦の頃のものだろう。軍服を着て、長靴を履き、サーベルを下げており、松の小さな盆栽の脇にいた。左側の写真の兵士は帽子を被っており、椅子に座っていた。勲章かメダルかは分からないが、一つしかつけていないのでおそらく若いのだろう。もう一人の兵士はもう少し年上で、口髭と胸元に輝くたくさんの勲章のおかげか堂々として見えた。立っているからというのもあるかもしれない。そして紙の裏面には、メキシコシティの午後の強い太陽光を遮ってくれる木々の葉の陰のもと、庭の「オフィス」—私たちはそう呼んでいた—で一緒に過ごしたエフラインの書いた数式があった。

ap1

*原文(スペイン語)はこちら

Entre las fotos ajadas

Era una de aquellas tardes en las que bajábamos al jardín a trabajar Efraín y yo. Bajo las hojas que suavizaban el sol fuerte de la tarde de la Ciudad de México, estábamos sentados alrededor de una mesa pequeña de vidrio. Mientras yo leía a Cortázar, él garabateaba unas fórmulas sobre el respaldo de unos papeles usados. Eran unos papeles gruesos y un poco lustrados, lo que me dio la impresión de que eran para imprimir fotos. El tiempo transcurría apacible, con el canto de los pájaros y unos susurros de fuente.
Como llevaba chanclas y me daba algo de frío, subí al cuarto para seguir leyendo en la cama. Me había quedado dormida hasta que me despertó Efraín, que subía a la litera:
—Mira, Megu—. Agitó una hoja de papel que traía en la mano —son tus paisanos.
Tomé el papel. Era una fotocopia de dos fotos descoloridas de soldados japoneses. Me dijo que no tenía la menor idea de cuándo se había metido en la caja de papeles de reciclaje. Recibí la fotocopia de restos japoneses, de la mano de un mexicano, además en México, que está lejos de mi país Japón. Le eché un vistazo y lo guardé en una caja de libros que iba a enviar a mi país.

Unos meses después, en Japón, buscaba espacio en la estantería de otro cuarto para mis nuevos libros. Ahí me encontré con un álbum encuadernado en tela verde oscuro como el musgo. Lo había visto antes: era de mi bisabuela Tomiko, por parte de mi madre. Me lo llevé a mi cuarto. Hacía calor; el sol agobiante de julio entraba por la ventana larga que llegaba al suelo. Puse el aire acondicionado y abrí el álbum. La mayoría eran fotos de sus hijos, o sea, de mi abuelo y mis tíos abuelos. Las fotos de ella estaban en un sobre. Eran tres nada más, pero sí de la Tomiko joven; tendría menos de treinta años.
Tomiko falleció a los noventa y tres años. Sería hace unos diez años, porque yo aún estudiaba en la secundaria. Me decían que era muy guapa. La recuerdo siempre cuidadosa de su belleza. Trataba de no exponerse al sol y no olvidaba hidratar la piel; me decía que me enjugara bien la cara después de lavármela y que comiera muchas algas porque le dan brillo al cabello. Cuando la conocí, ya era muy mayor, pero me parecía una persona de voluntad firme y podía imaginar su belleza de cuando era joven por la blancura de su piel y sus ademanes elegantes.
Miré las fotos. A pesar de que eran en blanco y negro y estaban ajadas por el sol, se podía ver una mujer muy guapa. En una foto estaba sentada en una silla de rejilla y esbozaba una sonrisa -no le gustaba sonreír porque creía que provocaría que la cara se arrugara rápido. Vestía de kimono y tenía su cabello recogido detrás del cuello. En otra, en el mismo lugar y con el mismo vestido, se veía más brillante; su cabello estaba recogido al estilo japonés y se había pintado un poco, pero sin perder el recato. En la última, tocaba el arpa japonesa. Era tan hermosa que me hacía sentir haber descendido de ella.

ap2

Fue entonces cuando me acordé, de repente, de la fotocopia que me había dado Efraín. No me acordaba de dónde la había dejado. Busqué en mis carpetas y no la encontré; entonces abrí la caja de libros abandonada desde que me había llegado. Ahí estaba, entre otros papeles usados, fotocopias de artículos, recortes de revistas, ensayos que había escrito y los libros. Ahí encontré a aquellos dos soldados japoneses. Sería en la época de la Segunda Guerra Mundial. Llevaban uniforme militar, botas y sable y estaban de pie junto a un bonsái pequeño de pino japonés. El de la foto de la izquierda llevaba gorra y estaba sentado en una silla. Debía de ser joven, porque sólo llevaba una condecoración o medalla. El otro era más de edad y se veía más majestuoso con su bigote y varias medallas que lucían sobre su pecho. Tal vez sea también por estar de pie. Y en el respaldo del papel, estaban las fórmulas escritas por Efraín, con quien estaba en la “oficina” —así la llamábamos— del jardín, bajo la sombra de las hojas que nos protegían del sol fuerte de la tarde de la Ciudad de México.

ap1

*La versión en japonés se puede leer aquí.

Una batalla de la llama callada y la llave hallada

La llama callada llena la llanta de ramilla llamativa y llama aquella llave hallada. Se lleva una ramilla desollada y anillada como valla. De la llana amarilla llega, llena de arenilla, con una ampolla en la mejilla y una grulla en una costilla. La llave, abollada y magullada por aquella batalla con la llama, llora sobre una bombilla de casilla. Holla en la capilla y halla una mirilla. La llama ralla la llanta engrillada en una olla bella. Destella y ametralla “¡batalla, batalla!”. En la orilla de la alcubilla, llamea una hulla. Halla la llave y calla. La lleva a la camilla, con una botella detrás de la rodilla. Se encalla con la llama; la valla con la rejilla de lluvia sellada por la grulla, que se magulla, y la engrilla. La llena de ramilla y la acuchilla.

*

Esto se me ocurrió después del siguiente tuit que hice hace unos días:

https://twitter.com/menchiesp/status/308940573887315968

忘却の河口で

私も含め直接被災していない人は、この日以外に何か特別なことを考えたりすることが少なくなってきていると思います。被災者の方々との温度差がますます開いていってしまうのかと危惧しつつ、スペイン語圏の人に向けてスペイン語で書いた3月10日付の記事の日本語訳を載せておきます。

*

今朝、東日本大震災当時の写真が載っている記事を見つけた。津波による生々しい傷跡が写真にはあったが、同時にそれを何か遠いもの、流されていく筏か何かのように眺めている自分がいるのに気がついた。

毎週水曜日、警察庁のウェブサイトでは被災者に関するデータが公表されている。3月6日現在、15,881人の死者および2,676人の行方不明者が確認されている。 これは2月7日付けのデータになるが、15,551人の避難者がいる。そのうち15,412人は親戚や知人の家に住んでおり、139人は避難所生活を続けている。一方で、 29,9645人が公営公営・仮説・民間住宅に引っ越している、あるいは病院にいる。

このNHKの記事では、被害の最も大きかった岩手・宮城・福島の1,000人を対象に行ったアンケートについて書かれている。 それによると、約70%が心や体に何らかの不調を抱えていおり、その傾向は40〜50代の人においてより顕著である。これは復興の道筋が見えないことが原因であり、彼らがアルコール依存やうつに悪化していくのを防がなくてはならないが、その対策は医療ケアだけではなく経済や雇用を改善することにもあると記事は締めくくられている。

3月11日が近付いてきているため、ここ最近マスメディアでも地震のことが多く扱われている。愛する人を失った人々を見るのは辛い。言われているように、死というものは二度訪れる。死んだときと世間に忘れられたときだ。たとえそうであっても、犠牲者のことも被災者のことも忘れてしまう。我々は忘却の川岸にいて、瓦礫を流されていくままにしている。瓦礫を眺めているかどうかはどうでもいい。いずれにせよ下流に何があるのかを熟考することなく、流されていくままにしているのだから。 そこに彼らはいる。そこに被災者たちはいる、ますます積み重なっていく瓦礫に押しつぶされて。その一方、上流にいる我々の中で瓦礫を拾いにいく人はどれぐらいいるのだろうか。残念ながら、私もその人たちの中にはいないのではないかと思う。

黙祷。

En la desembocadura del río del olvido

Esta mañana me encontré con un artículo en el que aparecían unas fotos del terremoto de la costa del Pacífico en la región de Tōhoku de 2011 o Gran terremoto de Japón oriental, también conocido como el gran terremoto del 11 de marzo. Ahí sí se veía la cicatriz fresca hecha por el tsunami, pero al mismo tiempo, me veía a mí misma mirarla como algo lejano, como una balsa que se dejaba llevar por la corriente.

Cada miércoles, en la página de Keisatsu-chō, la Agencia de Policía Nacional japonesa anuncia la cifra de las víctimas del desastre. A 6 de marzo, han confirmado 15,881 fallecidos y 2,676 desaparecidos. Ahí va otra cifra del 7 de febrero: hay 15,551 refugiados; 15,412 de ellos viven en la casa de sus parientes o conocidos, y 139 siguen en el refugio; mientras, 29,9645 personas se han mudado a otro lugar como vivienda provisional, pública o privada, o al hospital.

He leído una noticia de NHK, la Corporación Emisora de Japón o Asociación de Radiodifunsión de Japón, o más simplemente dicho, el canal nacional japonés. Se trata de una encuesta que se realizó por NHK a unas 1,000 personas que viven en las prefecturas de Iwate, Miyagi y Fukushima, donde el daño ha sido más grave. Según la encuesta, un setenta por ciento ha dicho que se sentía en baja forma o que había empeorado su condición física y mental. Sobre todo, en la gente de entre cuarenta y cincuenta años, esta tendencia era más marcada. La noticia concluye que esto pasa porque aún no se ve el trayecto de reconstrucción, por lo cual hay que evitar que se vuelvan adictos al alcohol o padezcan depresión, cuyos remedios son no sólo tratamientos médicos, sino también el mejoramiento de la economía y el empleo.

Últimamente hablan más del terremoto en los medios de comunicación porque se está acercando el 11 de marzo. Duele el ver a la gente a la que se le murieron sus seres queridos. Se sufre la muerte dos veces: como dicen, cuando se muere y cuando el mundo se olvida de uno. Aun así, se nos olvidan tanto las víctimas mortales como las que siguen vivas; estamos en la orilla del río del olvido, dejando los escombros pasar llevados por la corriente. No importa si los miramos o no, porque de todas maneras los dejamos ir, sin contemplar qué hay más abajo. Ahí están ellos. Ahí están los damnificados, aplastados por los escombros que se acumulan más y más. Por otra parte, de nosotros que estamos en la parte más alta… ¿cuánta gente se atreve a recogerlos? Temo que yo tampoco sea parte de esa gente, lamentablemente.

Un minuto de silencio.